La cara oculta de los edulcorantes
Sus consecuencias sobre la salud
Aspartame, sucralosa, sacarina y taumatina no son los nombres de fármacos sino de algunos edulcorantes que se emplean en infinidad de productos ligeros con bajo contenido energético.
Los usan para hacer desde caramelos sin azúcar y chicles hasta mazapanes, turrones, gaseosas, yogures y productos para diabéticos.
Pero ¿son seguros? Al igual que otros alimentos, todo es cuestión de medida, porque hasta el agua puede ser perjudicial si se toma en exceso.
Los edulcorantes son muy bajos en calorías, aportan poco o ningún nutriente al organismo y tienen una capacidad de endulzar potente, hasta cientos de veces la del azúcar.
Pero difieren en cuanto a su aporte de calorías y poder endulzante, la sensación que dejan en la boca, la duración del sabor, la solubilidad y la estabilidad, y ninguno es ideal para todos los usos.
Brindan beneficios muy puntuales para la salud, sobre todo en los casos de diabetes y caries. Pero, expertos opinan que no conviene usarlos siempre en lugar del azúcar, porque si bien disparan los mecanismos de liberación de la hormona insulina al igual que el azúcar, los sistemas que controlan la glucosa en la sangre están preparados para funcionar mejor con esta última.
En un artículo publicado recientemente en www.minutouno.com, la doctora Elba Albertinazzi, presidenta de la Asociación Argentina de Médicos Naturistas, hace el siguiente recorrido por los distintos tipos de edulcorantes, sus orígenes y sus efectos sobre la salud.
• La sacarina (1878) es el edulcorante sintético más antiguo y popular, debe evitarse durante el embarazo, pues atraviesa la placenta, y se ha observado un efecto indeseable sobre el feto en los animales. Es un derivado de las sulfamidas y puede causar alergia en algunas personas, su eliminación por orina produce una irritación crónica.
• El ciclamato (1937) es un edulcorante industrial, no muy estudiado hasta ahora: se lo relacionó con cáncer de vejiga, y con posibles efectos dañinos sobre el embrión o el feto, pero no se han detectado problemas en las cantidades utilizadas habitualmente; a pesar de ello, por las dudas y por el desconocimiento que se tiene, su uso no es demasiado recomendable, sobre todo en niños, ya que se usa en bebidas y postres.
• El aspartamo o aspartame (1965) tiene un poder edulcorante muy alto (200 veces superior al del azúcar de mesa), su consumo debe limitarse en las personas que padecen fenilcetonuria. No soporta temperaturas altas, por lo que no se usa para cocciones al horno.
• El acesulfamo K (1967) es 200 veces más dulce que la sacarosa, y presenta gran estabilidad en las aplicaciones alimenticias. No se metaboliza: se excreta sin cambios.
• La sucralosa -Splenda(R) o aditivo E955-. Es 320 a 1000 veces más dulce que la sacarosa, casi el doble de la sacarina y cuatro veces más dulce que el aspartamo. La sucralosa se extrae del azúcar a través de un proceso patentado de varios pasos que sustituye selectivamente tres átomos de grupos hidróxilo por tres átomos de cloro en la molécula de sacarosa. Los átomos de cloro crean una estructura molecular que es excepcionalmente estable y unas 600 veces más dulce que el azúcar, aunque el exceso de cloro es tóxico para el organismo.
• El Jarabe de Maíz de Alta Fructosa, que está presente en muchísimos alimentos, puede producir lesiones hepáticas. Además, como estimula la secreción de insulina, aumenta el apetito.
• El jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF) se fabrica mediante la isomerización de la dextrosa en el almidón de maíz. Ha reemplazado al azúcar en muchos alimentos y bebidas, por su mayor poder edulcorante y solubilidad que le permite incorporarse fácilmente a los productos, por sus propiedades funcionales que realzan el sabor, el color y la estabilidad del producto y por su bajo precio. Además sinergiza el potencial edulcorante de la sacarosa y de otros edulcorantes no nutritivos y por eso se usa industrialmente.
El jarabe de maíz de alta fructosa está presente en numerosos productos: gaseosas, bebidas de fruta, bebidas deportivas, productos horneados, caramelos, mermeladas, yogures, condimentos, alimentos enlatados y envasados y otros alimentos endulzados.
Sin embargo, el JMAF produce graves daños en la salud: La sobrecarga del hígado con fructuosa aumenta el ácido úrico, por lo que puede producir lesiones hepáticas. Secundariamente, estimula la secreción de Insulina, lo que aumenta el apetito.
Fuente: Con información de: www.minutouno.com y www.eltiempo.com
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