Los hombres no se deprimen
No sólo los hombres no deben llorar, tampoco deben deprimirse, según las presiones de nuestra sociedad. Pero, como bien sabemos, los hombres también lloran y se deprimen. Menos mal que es así, porque ya no podríamos esperar más deshumanización del hombre que anular totalmente sus sentimientos.
Es cierto que las mujeres reconocen más fácilmente sus sentimientos y pueden definir con más claridad un cuadro depresivo. Sin embargo, eso no significa que los hombres no se depriman también.
En mi práctica profesional son muchos los hombres que vienen por problemas de depresión, aunque no la llamen de esa manera. Ellos, por lo general, muestran su depresión con otras manifestaciones, tales como irritabilidad, coraje y rabia.
Muchas veces levantan la voz o muestran su descontento con impaciencia o quejándose de cuanta cosa les moleste. Algunos prefieren aislarse frente al televisor, donde nadie pueda hablarles o identificar lo que les pasa.
Por otro lado, los hombres no recurren a la ayuda profesional tan seguido como lo hacen las mujeres. Es más notorio que una mujer vaya a su médico a explicarle que se siente mal, que no tiene deseos de levantarse de la cama, de comer o arreglarse y le solicite al profesional medicinas para su recuperación.

Así, resulta que, en proporción, es doble el número de mujeres que recurre a la ayuda, registrándose un índice de depresión mucho mayor entre ellas.
Uno de los problemas que afectan al hombre en la búsqueda de ayuda profesional es que la depresión fue siempre considerada cuestión de mujeres. Según la concepción popular, las mujeres son las que lloran, las que sufren y las que se preocupan sin poder cerrar los ojos.
Los hombres, al estar centrados en la acción y la resolución de conflictos, no se permiten desplegar todas estas emociones. A cambio tratan de encontrar la solución. Si no la encuentran, esconden el problema trabajando más horas, haciendo deportes, entreteniéndose con otras actividades o distrayéndose en algo que no tiene relación con la problemática. Lamentablemente, algunos recurren al alcohol u otras drogas que le permiten anestesiar los sentimientos momentáneamente, sólo para encontrarse luego con los mismos problemas, pero con más complicaciones.
Todos podríamos resolver este problema filosóficamente. Si no podemos solucionar el problema, entonces para qué acosarnos por él. Este es el planteo de un paciente mío, a quien le mataron un hijo. El decidió no deprimirse, como si pudiera manejar dichas emociones al nivel de sus deseos.
Para Luis no deprimirse es crucial, ya que tiene a su esposa y otros hijos por quien velar. En una sesión me comentó que ésta no es una tragedia, ya que el resto de la familia sigue viva. Sin embargo, es indudable que no quiere ver la tragedia de su vida, y que negarla es un mecanismo de defensa que le permite seguir viviendo. Para él, aceptar su depresión es sinónimo de morir, de que se siente demasiado cerca la muerte de su hijo, y prefiere huir.
Si bien el caso de Luis es extremo, muchos otros hombres reaccionan en forma parecida, aduciendo tener que ser fuertes para proteger a su familia. Mientras tanto, este tipo de actitud produce perplejidad en quienes los rodean, ya que los ven fríos emocionalmente, disociados de las circunstancias y aislados de la presencia de los demás, de quienes evidentemente huyen para que no le "vean los ojos".
Si bien el hombre cree estarle haciendo un bien a su familia, lo que en verdad logra es alejarse de ella y que ésta resienta su ausencia.
Muchos hombres continúan esta modalidad para lidiar con sus problemas, llevándolos a mayores problemas físicos y/o emocionales. Son más los hombres que padecen problemas de adicciones, de desórdenes de personalidad severos o de problemas de agresión o violencia. Físicamente, el cuerpo responde a lo que la mente quiere ocultar, con síntomas cardiovasculares, gastrointestinales, respiratorios o sencillamente con dolores de cabeza.
La depresión sigue siendo una enfermedad que no se trata como debería porque el paciente no recurre a recibir tratamiento. Sabemos que sólo uno de cada tres pacientes busca ayuda profesional, mientras que existen tratamientos médicos, medicinas naturales y psicoterapia que pueden ayudar al paciente a llevar una vida más sana.
La valentía está en reconocer los sentimientos y pedir ayuda cuando sea necesario, en lugar de esconder el malestar esperando que desaparezca.
Si usted o alguien conocido se siente deprimido por un período largo de tiempo y le afecta su diario vivir, ya sea en la relación con los demás, en su trabajo o sencillamente para obtener satisfacción en lo que realiza, recuerde que nadie lo ha puesto en la vida para sufrir, sino para que aprenda de las lecciones que le tocan vivir con sabiduría y bienestar. Sólo de esa manera es como podemos recorrer nuestro camino, caminando con la cabeza bien alta, no arrastrándonos en la depresión.
Fuente: La Opinión
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